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22 de abril de 2015

¡¡Feliz Sant Jordi!!



LA ASIGNATURA PENDIENTE

«No pude hacerlo. En el último momento, cuando tuve delante al bicho de siete metros y estaba a punto de asestarle el golpe mortal, él me miró con sus ojillos amarillos y algo se me removió en las entrañas. Nada me había preparado para ese momento en la escuela de Santos, ni en el ciclo de valores y virtudes generales ni en la especialización de héroes mitológicos. Seamos francos, la dama era una llorica insufrible que no había dejado de gimotear desde que me había visto entrar. No estaba ni siquiera un poco masticada, su honra intacta; el temible dragón que llevaba meses aterrorizando la aldea se mantenía tan alejado de ella como le era posible en la lóbrega gruta, con expresión de dolor en sus facciones reptilianas. Ni se me defendió, el animalito, cuando enarbolé la lanza.

Mátame. Mátame ya, anda.

Pero yo no pude matarlo. Al cuerno el trabajo de fin de carrera que tantos meses llevaba preparando. Mi madre ya me lo había dicho: “Hijo, que tú vas para mártir. No elijas héroe, que mira los griegos.” Pero yo, cabezón, venga a insistir que con el cambio de panteón las cosas se harían de manera diferente. Además, el tutor de mártires era un cursi redomado: el instructor Rafael, que tenía a todas las postulantes a santas arrobadas y listas para dejarse asaetear. El instructor Miguel tenía más porte y prestancia ¡y llevaba espada! Yo soñaba con salir como él en los cuadros de las generaciones venideras, matando demonios con un halo de luz alrededor de la cabeza.

Y cuando lo tenía todo dispuesto, cueva, monstruo y princesa, me da por salvar de una muerte cruel a la criatura que no toca. Mi tutor intentó convencerme de volverlo a intentar en septiembre, que si qué me creía, que Teseo tampoco le había acertado al minotauro a la primera, que si no me veía apareciendo en los escudos de decenas de naciones o no quería que en mi honor los libros corrieran de mano en mano en los días señalados… Por supuesto que me habría hecho ilusión, pero tengo conciencia. Y por una asignatura, dejé la carrera. Así que no soy ningún santo, pero él manso, lo que es manso, es. No quería comerse las ovejas de nadie, ¡pero algo tendrá que comer! Ahora ya solo come filetes de ternera que le cocino yo mismo. Agricultura cien por cien ecológica…»

—Disculpe, todo eso está muy bien, pero igualmente no puede subirlo al autobús —me interrumpió el interventor, con una mueca de circunstancias—. No es un dragón lazarillo ni viaja en un contenedor adecuado. ¿No ha pensado en ponerle un bozal?
—¿Pero usted lo ha visto? —le di una palmadita en la dura cabeza recubierta de escamas y mi dragón agachó la cerviz, como la viva imagen de la inocencia— Si apenas pasa de lagartija. ¿Qué peligro va a tener?
—Entiéndame, son las normas.
—Aquel niño lleva una tortuga —argüí.
—De momento no he visto a ninguna estornudar y chamuscarme al pasaje, así que, muy señor mío, insisto con todo el dolor de mi alma que abandone el autobús.

Normas, normas. La gente es de lo más intolerante. Más valores, más civismo, eso es lo que haría falta. El interventor no parecía mal tipo, pero un ataque de histeria y dos desmayos llaman la atención a cualquiera y tanta señora impresionable lo había puesto en un compromiso.

—Lo entiendo, es su trabajo —suspiré resignado—. Vamos, Chispita, hoy también caminamos.

Que conste que no me arrepiento. He pasado siglos con mi mascota de altos vuelos y aunque no digo yo que no salga un poco cara, tener una carrera hoy en día tampoco es que sea garante de nada.

LS xx